VISIÓN POLÍTICA
Censura disfrazada.
Por: Fernando Cruz López.
El gobierno federal insiste en que los nuevos lineamientos para proteger los derechos de las audiencias buscan garantizar información veraz y combatir la desinformación. En el papel suena bien. ¿Quién podría oponerse a que las noticias sean ciertas, a que la publicidad no se disfrace de información o a que las personas con discapacidad tengan acceso pleno a los contenidos? Nadie.
El verdadero problema no está en las buenas intenciones, sino en quién decidirá qué es verdad y qué es mentira.
Porque cuando el Estado adquiere la facultad de calificar el contenido de los medios, la libertad de expresión comienza a caminar por una peligrosa pendiente. Hoy dicen que solo aplicará a radio y televisión; mañana podrían encontrar cualquier pretexto para extender esos controles a otros espacios.
La propuesta obliga a separar información de opinión, establece defensorías de las audiencias y códigos de ética, mecanismos que ya existen en muchos medios serios. Sin embargo, el punto más delicado es la prohibición de difundir información considerada falsa o fuera de contexto. La pregunta es inevitable: ¿quién determinará que una información está fuera de contexto? ¿Un funcionario? ¿Un regulador nombrado por el propio gobierno? ¿La misma autoridad que diariamente enfrenta críticas de periodistas y comunicadores?
La historia demuestra que los gobiernos rara vez resisten la tentación de controlar la narrativa pública. Lo que hoy se presenta como una herramienta para proteger a las audiencias puede convertirse mañana en un instrumento para intimidar a medios incómodos, abrir procedimientos administrativos, imponer multas y fomentar la autocensura.
En una democracia, la mejor respuesta frente a una información falsa no es el control gubernamental, sino más libertad, más transparencia y más periodismo. Porque cuando un periodista sabe que una investigación crítica puede derivar en sanciones administrativas, el mensaje es claro: mejor no publiques.
México ya es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Ahora solo faltaría que, además de enfrentar a la delincuencia organizada y a los poderes políticos, los comunicadores tengan que preocuparse por el criterio subjetivo de una autoridad reguladora.
La libertad de expresión no se pierde de un solo golpe. Se erosiona poco a poco, con normas aparentemente razonables, hasta que un día descubrimos que el silencio fue más cómodo que decir la verdad. Y cuando eso ocurre, la democracia deja de ser un derecho para convertirse en un discurso…Sigame en X como @visionpolitica7