Visión Política
Cuando el poder habla sin palabras
Por: Fernando Cruz López
En política, el silencio también comunica. Y los gestos —esos que no se consignan en boletines ni se votan en actas— suelen decir más que los discursos oficiales. Oaxaca comienza a entrar, de manera silenciosa pero evidente, en una nueva etapa de definiciones. No se trata aún de campañas ni de destapes formales, sino de algo más sutil y, por lo mismo, más revelador: la lectura de señales.
El estado se encamina a un proceso electoral inédito. Primero, una elección para una gubernatura de dos años en 2027, que servirá como puente para empatar posteriormente con el calendario federal y dar paso a un periodo constitucional de seis años. Este diseño no es menor. El gobierno corto no será decorativo ni de transición pasiva; será un espacio estratégico para consolidar proyectos, reacomodar fuerzas y preparar la sucesión de largo aliento.
En ese tablero, los movimientos recientes del gobernador Salomón Jara Cruz han despertado atención dentro y fuera de Palacio. No por lo que se ha dicho oficialmente, sino por lo que se ha dejado entrever. La política, como la buena literatura, se entiende muchas veces entre líneas.
Durante la última reunión de gabinete del año, el mandatario hizo algo poco común: elogió de manera abierta, directa y exclusiva a una integrante de su equipo. No fue una mención de cortesía ni un agradecimiento generalizado. Fue un reconocimiento puntual, con nombre y apellido, frente a todo el gabinete. La funcionaria en cuestión fue Saymi Pineda Velasco, a quien el gobernador calificó como la mejor secretaria de Turismo que ha tenido Oaxaca.
El elogio no quedó en lo retórico. Se acompañó de resultados verificables: incremento en la conectividad aérea, crecimiento del turismo internacional, mayor ocupación hotelera y una recuperación sostenida del sector turístico, uno de los más golpeados en años recientes. En un gobierno que ha hecho del discurso social su bandera, destacar la eficiencia y los números no es un gesto menor.
Pero si esa señal fue fuerte, las siguientes lo fueron aún más. Días después, durante la cena oficial de Navidad y Año Nuevo del gabinete —un evento cuidadosamente planeado, con invitados medidos y protocolos claros— el gobernador volvió a romper la inercia. En su mesa personal, junto a su esposa, sus hijos y las parejas de estos, se sentó también Saymi Pineda Velasco y su esposo. En política, la cercanía no se improvisa. Y cuando se exhibe en espacios privados convertidos en escenarios públicos, el mensaje se amplifica.
La escena no pasó desapercibida entre los asistentes. Tampoco entre los observadores de la vida política local. Porque en Oaxaca, como en cualquier sistema político real, los símbolos pesan. Mucho.
La noche tuvo además un detalle revelador. La idea de amenizar la cena con un imitador de Juan Gabriel fue de la secretaria de Turismo. El ambiente se distendió, las risas aparecieron y el gobernador, visiblemente satisfecho, volvió a felicitarla públicamente al cierre del evento. No solo por el resultado, sino por la iniciativa. Liderazgo, sensibilidad política y lectura del entorno: tres cualidades que el poder valora, sobre todo cuando se piensa en escenarios futuros.
Mientras esto ocurría, en los corrillos de Palacio empezaba a tomar forma una narrativa que hoy se repite con insistencia: Saymi Pineda sería la carta fuerte para la gubernatura de dos años, mientras que el senador Antonino Morales se perfilaría para el proyecto de seis años. Nada oficial, por supuesto. Pero tampoco gratuito.
Antonino Morales es un actor con trayectoria, estructura y presencia nacional. Su permanencia en el Senado le permite seguir construyendo, sin exponerse al desgaste inmediato de un gobierno corto. En cambio, una administración de dos años requiere otro perfil: alguien con resultados comprobables, bajo nivel de confrontación y capacidad de operación política sin sobresaltos. En ese molde, Saymi Pineda encaja con precisión quirúrgica.
Este posible reparto de tiempos y proyectos también responde a una lógica interna de Morena en Oaxaca: evitar rupturas, administrar ambiciones y garantizar continuidad. La historia política del estado ha demostrado que las imposiciones abruptas suelen cobrar factura. Por eso, cuando el poder manda señales graduales, lo hace buscando estabilidad.
No estamos, todavía, ante un destape. Sería ingenuo afirmarlo. Pero también lo sería ignorar el lenguaje del poder. En política, quien sabe leer los gestos entiende antes que los demás hacia dónde sopla el viento. Y hoy, ese viento parece soplar con nombre propio.
La pregunta no es si estas señales existen. Existen. La pregunta es si los demás actores sabrán interpretarlas, procesarlas y reaccionar con inteligencia. Porque en Oaxaca, como bien se sabe, las decisiones no siempre se anuncian: se construyen.
Así están las cosas. El tablero está en movimiento. Y el silencio del poder, esta vez, habla fuerte.