La historia de América Latina y el Caribe no puede contarse sin hablar de las cicatrices compartidas. No se trata solo de geografía o lengua; lo que realmente amalgama a nuestra región es una memoria histórica de resistencia frente al vasallaje. Desde el saqueo colonial europeo hasta el dominio de los monopolios norteamericanos, la región ha sido el escenario de una lucha constante por definir su propio rumbo, lejos de las balas y las bayonetas impuestas por intereses ajenos.
Cuba como espejo y símbolo
El caso de Cuba es, quizás, el ejemplo más nítido de esta tensión. Antes de su proceso revolucionario, la isla fue el tablero de juego para dictaduras que gobernaron de espaldas al pueblo y de frente a Washington.
* Gerardo Machado (1925-1933): Facilitó el control absoluto sobre el azúcar y el tabaco, abriendo las puertas al crimen organizado estadounidense.
* Fulgencio Batista (1952-1958): Profundizó el saqueo y permitió que la mafia de EE. UU. convirtiera a la isla en su feudo particular.
Frente a este sometimiento, figuras como José Martí frente a España, y más tarde los hermanos Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto "Che" Guevara, entre otros, no representaron simplemente un cambio de mando, sino la ruptura definitiva con un modelo de dependencia. Esa es la "afrenta" que el imperio no perdona: la audacia de caminar por un rumbo distinto.
El bloqueo: Un castigo a la autodeterminación
Es fundamental desmitificar las carencias que hoy vive el pueblo cubano. No son fruto de una negación gubernamental interna, sino de un cerco económico asfixiante. Al impedir el uso del dólar, castigar a empresas extranjeras que comercian con la isla y bloquear el acceso a créditos internacionales, se intenta asfixiar un proyecto político por la vía de la privación material.
Este hostigamiento no castiga a un gobierno, castiga a una población, y lo hace con un objetivo claro: servir de escarmiento para cualquier otra nación que intente salirse del control de los monopolios.
La solidaridad como defensa propia
México y el resto de los países hermanos no pueden ser espectadores pasivos de este asedio. La agresión imperialista busca evitar que los pueblos seamos soberanos; busca mantener el flujo de recursos hacia sus élites, ni siquiera hacia el pueblo norteamericano, sino hacia sus corporaciones.
El destino de Cuba es el nuestro.
La solidaridad con Cuba no es solo un acto de generosidad ideológica; es una cuestión de supervivencia regional.
Entender que nuestra soberanía está ligada a la del vecino es el primer paso para construir un bloque sólido frente a las ambiciones externas. En la resistencia de uno, descansa la libertad de todos. Recordemos las palabras de José Martí: La solidaridad es la ternura entre los pueblos.
Pa Lante siempre.