El nuevo "terrorismo político" y el viejo libreto para América Latina

El nuevo "terrorismo político" y el viejo libreto para América Latina

Hay palabras que, cuando se pronuncian desde los salones de poder en Washington, deberían encender las alertas rojas en todo nuestro hemisferio. El pasado 16 de julio de 2026, el Departamento de Estado fue escenario de uno de esos momentos: la **Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político**, un encuentro liderado por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el asesor gubernamental, Stephen Miller. Lo que allí se presenció no fue un simple balance sobre la seguridad global, sino el rediseño de una doctrina diplomática que busca criminalizar la disidencia bajo etiquetas peligrosamente elásticas.

Para entender el verdadero calado de esta cumbre, basta con observar quiénes salieron en la foto y quiénes decidieron vaciar las sillas. No es casualidad que actores clave de la región como **México, Brasil y Colombia** —junto con potencias como China— optaran por marcar una prudente distancia diplomática. En contraste, el protagonismo asumido por el liderazgo de **Argentina** entre los oradores principales no hace más que exhibir a cielo abierto la fractura geopolítica de las Américas: estamos ante el escenario de una polarización que recuerda a los momentos más tensos de nuestra historia reciente.

La anatomía de un dogma

El centro de la alarma radica en la línea discursiva que trazó Marco Rubio. Al afirmar que *"el terrorismo político de extrema izquierda es una amenaza real y transnacional"*, la administración estadounidense decidió agrupar bajo un mismo saco —y con una ligereza intelectual asombrosa— a movimientos anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Para justificar esta persecución diplomática, que ya se traduce en **una estricta política de restricción de visados**, se definió la esencia de estas ideologías con una frase que parece sacada de un panfleto de guerra ideológica: *"un resentimiento ponzoñoso disfrazado con el lenguaje de la igualdad"*.

Vale la pena preguntarse sin ingenuidades: ¿a quién le sirve realmente esta reclasificación de la seguridad?

En el ámbito doméstico estadounidense, la jugada es un secreto a voces. En un clima de extrema polarización, esta narrativa le otorga a la administración Trump un mazo retórico para deslegitimar a los sectores progresistas del **Partido Demócrata**, señalándolos constantemente como cómplices o garantes de esa ambigua "izquierda radical".

El eco en la memoria latinoamericana

Sin embargo, donde este discurso golpea con una resonancia mucho más oscura es en **América Latina**. Quienes conocemos la historia de nuestra región sabemos perfectamente qué ocurre cuando los conceptos de "amenaza interna" y "seguridad nacional" se estiran para acomodar los prejuicios y conveniencias del imperio. Las páginas más trágicas de nuestro continente —intervenciones,dictaduras, asesinatos , desapariciones, debilitamiento democrático y persecución— se escribieron, precisamente, justificadas por doctrinas muy similares a la que hoy resucita en Washington.

No podemos permitir que el lenguaje de la antiterrorismo se utilice para secuestrar el debate político. Esta doctrina difícilmente responde a riesgos tangibles o violentos verificables; se perfila, en cambio, como una estrategia renovada para **disuadir la protesta social**, estigmatizar a quienes cuestionan las dinámicas económicas imperantes y frenar a las fuerzas populares que buscan la soberanía en el sur global.

La frontera entre resguardar el orden público y perseguir la legítima lucha por la justicia social ha quedado, tras esta cumbre, más delgada y disputada que nunca. Aceptar sin críticas esta nueva narrativa no es solo un error diplomático; es amnesia histórica.

Pa Lante siempre

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