El próximo 25 de enero, Oaxaca enfrenta una cita crucial en las urnas. La ciudadanía está convocada para decidir la continuidad o la revocación del mandato del gobernador Salomón Jara Cruz.
Sin embargo, más allá de la mecánica del sufragio —en un proceso que muchos señalan como amañado y manipulado desde las propias esferas del poder estatal—, este ejercicio nos obliga a una reflexión más profunda sobre la naturaleza del servicio público y la crisis de representación que atraviesa la entidad.
El hecho de que un gobernador sea sometido a este escrutinio, bajo la sombra del repudio popular es, en sí mismo, un síntoma alarmante: quien no cuenta con el respaldo de su pueblo, simplemente no llegó para servir.
Esta desconexión evidencia una falta de identificación y compromiso real con la transformación que el país demanda. Es necesario preguntar, ¿Cómo llegaron estos perfiles al poder? La respuesta yace en la historia reciente de Morena. En su momento, la apertura a figuras externas fue una necesidad coyuntural, un pragmatismo táctico indispensable para derrotar a los neoliberales ortodoxos que controlaban el poder nacional. Fueron, en su momento, un "mal necesario". Personajes acostumbrados a vivir del erario se colaron en el movimiento bajo la bandera de la urgencia electoral. No obstante, la realidad política de hoy es distinta. Esa amplitud inicial que permitió la entrada de todos debe dar paso a una necesaria depuración. El movimiento no puede seguir albergando a falsos partidarios de la Transformación; aquellos que, parafraseando al Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, "...no son católicos, sino por política su dios es el dinero". Hoy, ese "dios" es el beneficio personal y familiar a costa del bienestar colectivo.
Para evitar que el rechazo ciudadano se extienda hacia otros representantes emanados de Morena, es imperativo entender que los tiempos de la disciplina ciega han terminado. Ya no basta con portar los colores del partido si no existe un compromiso ideológico y político genuino con la transformación de la vida económica, cultural y social de México.
La militancia no puede seguir marginada, obligada a apoyar a perfiles con antecedentes de corrupción o con historiales ligados a la derecha, simplemente por una mal entendida unidad. La raíz de las desviaciones en el ejercicio del poder —entendido este como ciencia y arte al servicio del pueblo— es precisamente el vacío ideológico.
Cuando no hay convicciones firmes, el gobernante se pierde.
Así pues, participemos este 25 de enero ejerciendo nuestro derecho, pero hagámoslo con memoria y consciencia crítica. No olvidemos que la causa del rechazo hacia un gobernante no es fortuita: es la consecuencia directa de la falta de compromiso con el pueblo y con su lucha histórica por la independencia económica y la soberanía nacional. El futuro exige definiciones, no simulaciones.
Pa'lante siempre