He leído recientemente, no con poca sorpresa, diversas opiniones de analistas y periodistas señalando que MORENA traicionó a su "gran aliado", la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Al respecto, resulta imperativo detenernos a desmenuzar lo que alegremente catalogan como una "alianza" entre la disidencia magisterial y el Poder Ejecutivo.
La aseveración central —"MORENA traicionó a la CNTE"— se desmorona por su propio peso una vez que sometemos a escrutinio la premisa fundamental de la que parte.
Para empezar, quienes sostienen esta narrativa evidencian un profundo desconocimiento de la naturaleza misma del sindicalismo y, más específicamente, de la intrincada topografía del magisterio oaxaqueño. Ignoran que la CNTE no es un sindicato per se, sino una corriente política y sindical que coexiste dentro del enorme Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (el SNTE). Peor aún, desconocen olímpicamente el funcionamiento orgánico de la Sección 22, bastión histórico de la disidencia frente a la línea oficialista del sindicato nacional.
Esta miopía analítica impide comprender un principio básico: un sindicato, por definición y mandato histórico, debe mantener absoluta independencia frente a cualquier organización política, religiosa, no gubernamental, partido o patrón.
Supeditar la vida interna de una organización gremial a los intereses y agendas de agentes externos es, simplemente, desvirtuar su razón de ser. Como frente único de clase, su existencia se justifica pura y exclusivamente en la defensa inquebrantable de los intereses laborales y profesionales de sus agremiados. Esto, por supuesto, garantizando en todo momento la libertad de sus miembros para militar, o no, en cualquier expresión política. La pluralidad ideológica es un derecho individual irrenunciable, pero la institución sindical debe permanecer neutra. La única amalgama legítima es la condición compartida de trabajador o trabajadora; nada más debería interferir.
Por consiguiente, la tesis de la "alianza" es un despropósito lógico. La CNTE, en su carácter de organización sindical, no puede ser aliada institucional de MORENA, del mismo modo que no debería erigirse como su enemiga jurada. Intentar forzar esta dicotomía es una irresponsabilidad que solo siembra división, pues obvia una realidad palpable: al interior de la CNTE conviven innumerables trabajadores de la educación que, a título personal y en pleno ejercicio de sus derechos políticos, simpatizan y militan activamente en el partido guinda.
Es por todo esto que yerran aquellos pronósticos catastrofistas que auguran un duro golpe electoral para MORENA como consecuencia de la reciente jornada de movilizaciones de la CNTE. Se equivocan por dos motivos fundamentales.
El primero, ya expuesto, es la inviabilidad estructural de esa supuesta alianza institucional. El segundo obedece a la simple aritmética política: la fuerza real de movilización de la CNTE, si bien significativa y legítima en sus demandas laborales, no tiene la magnitud suficiente para descarrilar o poner en jaque el respaldo de las decenas de millones de mexicanos que han apostado por la continuidad del proyecto de la Cuarta Transformación considerado, inclusive, la relación que ellos tienen con muchos padres y madres de familia.
Afirmar lo contrario, elevando las movilizaciones gremiales a la categoría de sismo político electoral, no es solo un error de cálculo; es pecar de una profunda soberbia analítica que confunde la justa protesta laboral con un inminente cataclismo partidista.
Pa lante siempre