Independencia, democracia y unidad: ¿El triángulo roto del sindicalismo?

Independencia, democracia y unidad: ¿El triángulo roto del sindicalismo?

En la vida sindical en México  la palabra "democracia" suele aparecer en discursos  y asambleas como un talismán, un adorno discursivo que se presume con orgullo pero que no siempre  se ejerce a fondo.  Y creo que, si una organización gremial aspira legítimamente a asumirse como democrática, debe blindar tres principios fundamentales de su vida interna:

 independencia, democracia y unidad. Si uno de ellos se quiebra, la estructura entera colapsa, dejando a los trabajadores en el desamparo político.

La independencia sindical: un principio ineludible

La primera línea de defensa de un sindicato es su autonomía. En todo momento, los sindicatos deben mantenerse independientes del patrón, sea este el poder público o la iniciativa privada. La verdadera independencia exige también distancia de los partidos políticos (con o sin registro electoral), iglesias de todo orden, organismos no gubernamentales y asociaciones de la llamada sociedad civil. No guardar esta distancia somete al sindicato a los intereses y a la línea política de la institución a la que se supedite su vida interna. Un sindicato que rinde cuentas a un agente externo deja de pertenecer a sus bases.

Algo más que la formalidad de las urnas

El concepto de "democracia sindical" es sumamente "cacaraqueado" en la vida gremial, pero trágicamente reducido a un mero procedimiento. Al igual que ocurre con la democracia burguesa, se le confunde con el simple acto de votar. Se olvida que la verdadera democracia implica la participación consciente e informada de los trabajadores en todo lo que tiene que ver con su organización.

La democracia real no tiene nada que ver con la elección de dirigencias previamente acordadas en reuniones de pasillo por grupos políticos. Cuando el voto es solo una simulación para legitimar pactos de cúpula, la democracia es un cascarón vacío.

La unidad: el hilo que todo lo sostiene

La consecuencia directa de perder la independencia o simular la democracia es la fractura de la unidad, el principio vital de cualquier movimiento obrero. La unidad no se decreta; se construye respetando la pluralidad de las bases. Si no se respeta la libre militancia partidaria de los agremiados, se rompe la unidad.

Si a los trabajadores se les omite información crucial de su organización, y solo se les proporciona lo que conviene a los grupos en el poder, se rompe la unidad.

Si la dirigencia opera políticamente para intereses externos —como los caprichos de un gobernador o un partido—, se rompe la unidad.

Si el sindicato actúa como un tribunal político-ideológico en lugar de un espacio plural, se rompe la unidad.

Un llamado a la reflexión

Cuando la unidad se rompe por la ambición de las dirigencias o la injerencia externa, la vida sindical se vuelve una simulación puramente formal. El sindicato se aleja por completo de su carácter de "frente único"; es decir, deja de ser ese organismo cuyo único objetivo irrenunciable debe ser defender los intereses laborales y profesionales de sus agremiados.

Si falta cualquiera de estos principios, no se actúa como sindicato, se opera como grupo político de presión al servicio de intereses ajenos a los trabajadores y las trabajadoras.

Pa Lante siempre 

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